Si todavía no habéis ido a una Feria Medieval con los peques, os recomiendo que lo hagáis. Seguramente los que ya lo hayan hecho repitan porque la experiencia ha valido la pena.

Cada vez son más las ferias que se celebran a lo largo y ancho de España, siendo una entretenida forma de mirar atrás y que tus hijos, sobrinos o nietos descubran cómo era entonces la vida. Sobre todo si la feria además de estar bien organizada cuenta además con un entorno excepcional que eso siempre suele ocurrir cuando se celebra cerca de un castillo.

Niños a bordo ha visitado en septiembre la Feria Medieval de Buitrago de Lozoya y fue fantástico. Porque no solo cuentan con un castillo y recinto de lo mejor conservado sino que mucha gente del pueblo hace suyo el evento y se viste para la ocasión. Así vas caminando y junto a ti uno va de caballero, otra de tabernera y la de más allá de dama o princesa.

Mis hijas también fueron vestidas de damas medievales (bueno, la pequeña iba con su traje de Cenicienta pero con un tocado medieval la improvisación funcionó de maravilla) y la verdad es que funcionó la iniciativa pues se sintieron más integradas en toda aquella recreación. Eso sí, las dos acabaron con sendas espadas de madera y luchando….¡y es que los tiempos cambian! Aparcaremos el lado bélico del asunto y pensaremos que la Esgrima es un deporte. Eso sí, las espadas luego fueron “customizadas” en casa con mil y un colores.

Después de comer, nos escapamos un rato al pequeño museo que dedican a PICASSO con obras que donó Eugenio Arias, conocido como el Barbero de Picasso, durante su exilio a Francia, lo que nos sirvió además para explicar de forma más artística otro de los viejos oficios.

La vista del mercado desde lo alto de las murallas, el pueblo adornado con estandartes, los puestecitos con mil y una propuestas originales, los Cuentacuentos, los retos, los olores, los sabores, ver cómo trabajaban los distintos gremios con especial atención a la forja, la música, los águilas y búhos de cerca, los campamentos, los bailes… Toda una lección que puede extenderse en vivo y en directo contándoles qué eran los gremios, los nombres de los oficios, el por qué de los castillos y su ubicación…y pasar un día de época.

La vuelta al cole es el viaje más largo al que los encomendamos cada año, pues dura nada menos que cerca de 200 días desplegados a lo largo de diez meses. A veces cambia el destino y otras no, aunque lo que sí seguro que cambia es el camarote-habitación-cabina en cada curso. También los compañeros de viaje. Los de siempre, los nuevos, los amigos, los enemigos… Y los guías, esos profesores que los acompañarán a lo largo de toda la travesía. ¿El equipaje? De papel, digital… Y en lugar de maleta, mochila…

Van andando, en coche, en autobús y hasta en moto. Pero la mayoría regresa a casa a dormir. Un viaje intermitente al que vale la pena que prestemos toda la atención que se merece pues es sin duda el que más les marca.

Y ya que estamos en ruta, y con los Niños a bordo a diario, aprovechar todos los viajes que propicia el propio viaje. Un museo. Un parque. Un bosque. Una catedral. Unas ruinas. Una obra de teatro. Un taller. Un yacimiento. Una tradición. Una fiesta. Una celebración. Una biblioteca. Una ruta… Pequeños y grandes viajes con los que retroalimentar durante los fines de semana esas pequeñas excursiones que a diario realizan sin apenas moverse del pupitre. Una oportunidad única para oler, sentir y palpar los mil y un descubrimientos en esta etapa única de la aventura del saber con salida en septiembre y retorno en junio.

Y el trayecto a diario si tienes la suerte de compartirlo con tu hijo o tu hija, mejor hacerlo con los cinco sentidos y el de la intuición. Baja la música, olvídate del impertinente que no te deja incorporarte al carril, aparca la agenda laboral de tu mente por un rato y abre bien los oídos para escucharle y charlar sobre la aventura que tienen todavía por delante o el nuevo descubrimiento que desean compartir contigo. También sus dudas, preguntas, temores, anhelos, nervios, sueños… ¡tantas cosas! ¡Feliz vuelta al cole!

Escapadita a Altea. Blanca y mirando al mar. Más bonita de cómo la recordaba. Y eso que llegamos allí con el eco contrariado de mi hija mayor que ese día no quería moverse de nuestro cuartel general vacacional. Así son ell@s. Puedes pasarte los días enteros a su “disposición” y cuando un día TÚ quieres llevar a cabo tu plan, empiezan los “peros…”

Las niñas juegan a sirenas sobre las rocas; la pequeña también quiere ser pirata. La imponente silueta del peñón de Ifach al término de la bahía. Frente a nosotros el mar turquesa al que no le perdí el ojo durante toda la comida. Y es que el cambiante Mediterráneo es parte fundamental del disfrute del menú…nunca me siento a sus espaldas. Sobre todo desde que vivo en Madrid.

Oficina de Turismo. Las 2.15 y cerrada. Y yo me pregunto cómo pueden cerrar en plena temporada turística cuando durante julio y agosto debería mantener abiertas sus puertas todo el día. Me lo pregunto yo y la decena de franceses que acaba de llegar mientras los críos, desilusionados, pegan su nariz a la cristalera tras la que se muestran las mil y una propuestas…

A las cinco tenemos más suerte y entre otras muchas propuestas nos cuenta que el día anterior se inauguraron las “Balconadas” Cerca de 70 pintores despliegan su arte desde los balcones a partir de las siete de la tarde y la ciudad blanca atardece de color. Tras subir y subir y subir en un ascenso entretenido gracias al juego con los globos de agua que tantas veces rodaron calle abajo, llegamos a la plaza con sus puestecitos, la Iglesia de la Consolación, los cafés y las terrazas mirando al mar, las vistas magníficas, las calles empedradas que se pierden entre casas encaladas con flores por doquier … y los balcones. Con sus lienzos. La que no quería venir ahora no tiene prisa por marcharse y disfruta viendo cómo pintan en la calle; también eligiendo con su hermana cuáles son los cuadros que más les gustan mientras recorremos el itinerario que nos marca el plano.

Y mirando alrededor me fijo en la cantidad de turistas que disfrutan del lujo de una buena cena a las seis de la tarde desde el promontorio que mira al mar. También que no hace falta marcharse al extranjero para mejorar nuestro inglés…