“¡Que te lo pases bien en Miami!”, me dijo mi amiga Eva cuando le comenté que me iba a celebrar mi cumple a Zamora. Y después de reírnos ante la ironía, le comenté que en Zamora nunca había estado y en cambio en Miami sí. También he de decir que quizás por la distancia que media, para los mediterráneos decir que te vas a Zamora suena a remoto y desconocido…

Todo empezó cuando me preguntaron, ¿dónde vamos a cenar para tu cumpleaños? Y yo propuse aquello de, “a cenar y a dormir”; a celebrar un nuevo año como toca, sin cocinar, en hotelito y descubriendo un sitio nuevo. Y salió Zamora. Fin de semana breve pero intenso. Así que recogimos a la niñas a la salida del cole y allá que nos fuimos.

Entre las anécdotas de la escapada, la más tierna ocurrió cuando estábamos en Toro. Tras recorrer iglesias, monasterios y palacios, nos detuvimos en el Palacio de las Leyes, del que apenas queda la puerta, el suelo, y un pequeño muro, con lo que la niñas entraban y salían a su antojo jugando a que habían organizado un baile… Pues bien, ese día mi hija de ocho años aprendió lo que quería decir la palabra “testamento”, cuando le contamos que allí mismo, en ese palacio, se leyó el testamento de la reina Isabel la Católica a favor de su hija Juana, “¿te acuerdas de aquella señora que fue princesa y luego reina y de la que vimos su estatua en Tordesillas, donde se quedó a vivir cuando se murió Felipe el Hermoso? Se acordaba. También que hubo un tratado con el que Portugal y España se repartieron el mundo. Pero al margen de las lecciones de historia que dan los viajes, ella nos dio a nosotros otra: “Yo no he hecho testamento”, dijo pensativa, “pero os lo digo para que lo sepáis: el dinero de mi hucha para mi hermana”

Toro nos gustó mucho, y su vino con la variedad de Tinta de Toro también. Y qué decir del tapeo, bueno, bueno… Nos quedamos solo con las ganas de ver el famoso pórtico de su Colegiata del XII, pero lo estaban restaurando y fue imposible… Aunque siempre hay que dejarse algo por ver para regresar…

En cuanto a Zamora, ¡una delicia! Nada más llegar al hotel, un Meliá céntrico (frente al bello mercado modernista) pues queríamos callejear por la ciudad y celebrar mi cumple con vinito (y sin conducir luego, of course), hojeamos la guía y llamamos a uno de los restaurantes recomendados, los caprichos de Meneses, donde cenamos de maravilla, con velita para soplar y todo como gentileza de la casa a los postres.

Nos sorprendió ver a tanta gente en la calle a esas horas, y la cantidad de plazas y calles peatonales en una sucesión continua de espacios sin coches. ¡Qué placer! Sobre todo cuando vas con niños. Lugares que al día siguiente tuvimos la oportunidad de recorrer, plano en mano después de desayunar. El paseo de plaza en plaza, limpio y cuidado, jalonado de miradores sobre las fachadas de colores, nos dió constantes muestras de la monumentalidad de la capital del Románico; en el recorrido, más de veinte iglesias (a las peques les contamos la peculiaridad de este arte en las figuras de capiteles y portadas e iban descubriéndolos y comentándolos cual reporteras dicharacheras). Y tras caminar, caminar y caminar (su zona antigua es mucho más amplia de lo que se presupone y por eso decidimos hacer una paradita en un mesón para recuperar fuerzas), la magnífica Catedral como colofón del trayecto, junto a campanarios con cigüeñas, la casa del Cid y el Castillo a la vera del Duero. ¡Cuánta belleza! Todo amplio, detenido, alborotado tan solo por las carreras de las niñas en sus juegos y con aquel marco, transportadas a otro tiempo…

Por la noche salimos de tapeo, ¡eso es tapeo y lo demás son tonterías!, y nos pateamos la zona dedicada a este placer del picoteo donde los bares y restaurantes se tocan unos con otros. Variadito, o especializado como la taberna de los pinchos. Hubiéramos alargado la velada pero con dos niñas pequeñas hay que acortarla. Además, al día siguiente nos esperaba Toro, del que ya os he hablado. Un cumpleaños feliz, feliz.

Feria Libro Belgrado

Feria Libro Belgrado

Un libro es siempre un buen compañero de viaje. Nos puede ilustrar sobre el viaje previsto, ayudarnos a la anhelada evasión o incitarnos a descubrir otros universos; sólo habla cuando se lo pedimos, tiene además una conversación interesante y ocupa poco espacio en la maleta. Pero si además viajamos con niños, mientras a ellos les mantiene fascinados con sus ilustraciones y letras, a nosotros puede regalarnos un momento de paz que no tiene precio…El reposo del “guerrer@” que lleva Niños a bordo.

Los preparativos de todo viaje son especiales y uno de esos momentos un poco “mágico” es cuando les decimos a la niñas que elijan el libro o par de libros que van a llevarse cada una junto con uno o dos juguetes (lo que quepa en la pequeña maletita que llevan siempre a mano). La biblioteca de su habitación se vuelve de repente en castillo con recovecos donde se esconden los mil y un misterios, y es que ¡elegir es tan difícil! Pero es una buena excusa para rescatar libros olvidados, reafirma gustos sobre los que siempre han sido especiales, darles la oportunidad a otros de volver a ser leídos…

Visitar una biblioteca pública o una librería infantil o juvenil con motivo de la escapada que tenemos prevista, también es otra actividad les anima a descubrir nuevas lecturas (solo pueden leerlo una vez haya comenzado el viaje) y a sentir lo que sentimos los adultos, que un viaje siempre es algo especial. Y estos días en los que los libros están en la calle con celebraciones y ferias, una oportunidad excelente para que amplíen su biblioteca.

Si tenemos una guía vale la pena compartirla un rato con ellos, leyendo alguna sugerencia especial que les haga desear ese viaje con más ganas, o mostrándoles el plano de la ciudad para que cuando llegue el momento de estar cerca del puente, el río, el castillo o el parque que vieron en el mapa, les resulte un poco familiar ( si son más mayores, podemos además nombrarlos cicerones durante un rato) Y una vez en pleno viaje, no dudéis en comprarle de “souvenir” algún libro que valga la pena y le sirva para regresar a esas vivencias cuando se sumerja entre sus páginas.

Libros, libros, libros…esos pequeños y a la vez tan grandes compañeros de viaje. ¡Feliz día del libro!

Chiringuito entre Becici y Budva, Montenegro

Chiringuito entre Becici y Budva, Montenegro

“Si algún día me pierdo, buscadme aquí”, le dije a mi amiga Luz cuando la llamé por teléfono. Frente a mí, la montaña verde a rebosar sobre el mar turquesa. Los chiringuitos a pie de playa, abiertos y perdidos entre tanto azul; sobre las rocas; con la tarima de salitre sobre la arena mientras la ola va y viene…

“Mamá, quiero vivir en Moquetero”, decía mi pequeña con su lengua de trapo cuando regresamos del viaje… Moquetero era Montenegro y claro, ¡yo entiendo que quisiera vivir allí…! En cuanto a la mayor ¡un poco más y le salen escamas! De la piscina al mar, del mar a la otra piscina, y de nuevo al mar… ¿Por qué les gustará tanto a los niños el agua?

Hacemos un pacto. Por la mañana disfrutamos del hotel y de sus instalaciones y por la tarde excursión y callejeo. Los helados no sólo están buenísimos sino por doquier, incluso en el desayuno bufet con lo que te vas a la playa más contenta que unas pascuas y olvidándote de la “operación bikini” a la que tanto esfuerzo le has dedicado los días previos al viaje… Las niñas se vuelven locas cogiendo piedras, las hay de todos los colores, verdes, azules, caramelo… Jugar con las olas, volver a la piscina gigante, tumbarse, saltar por el tobogán, carreras, barcas, risas…Y luego el tiburón de plástico, la barquita rosa, las gafas de bucear, las carreras… Se trata de Becici, en los años 30 galardornada con la Palma de Oro internacional a la playa más bonita de Europa.

Por la tarde a Budva. A dos kilómetros del hotel Iberostar por un paseo que bordea la montaña y durante el que nos detenemos, cómo no podía ser de otra manera, en el chiringuito más apetecible. Con la música de fondo, sin prisa porque todo está detenido; cervecitas para nosotros y helados para las niñas. Como volver a la playa de cuándo éramos niños aunque sea el Adriático y no el Mediterráneo el espejito de azulete de la infancia.

Continuamos y un globo multicolor surca el cielo mientras las aguas transparentes se pierden en las rocas, en el verde del pino, y las niñas cuentan los tesoros marinos que dejan al descubierto. Y nos detenemos en los viejos columpios para llegar sin peligro de coches a la ciudad, toda amurallada, blindada por las montañas que se asoman al mar.

Otro día vamos a Kotor, Patrimonio de la Humanidad, rodeada de una impresionante muralla mientras afuera, en la montaña, se esculpe un castillo; y seguimos enamorándonos, correteando, descubriendo rincones, jugando a descubrir la calle más estrecha que llegamos a tocar con ambas manos, a ser princesas y romeos y julietas desde esas balconadas, a descubrir el pozo, recorrer el recoveco, jugar al escondite en un tiempo de antaño… Y luego te asomas a Sveti Stefan, como sacada de un cuento conectada a tierra firme por un pequeño istmo… Y la ruta en barco para ver las bocas de Kotor, la magia salpicando el paisaje… Y por la tarde noche hay baile, juegos, complicidad en el mini club abierto a las estrellas…y las niñas se divierten con otras niñas y niños rusos también de vacaciones porque la música y la infancia hablan con el alfabeto despreocupado de la sonrisa. Eso sí, todo el viaje con un helado cerca, que para eso son vacaciones… ¡V-A-C-A-C-I-O-N-E-S!